Ángel Celada: «No puede faltar la capacidad de emocionarme»

El pintor habla sobre abstracción, crianza, docencia y libertad creativa, pero también sobre las obras que regresan al taller, el placer de aprovechar sus huellas y la importancia de no perder el humor.

Ángel Celada junto a una de sus pinturas abstractas.

Ángel Celada junto a una de sus pinturas.

En el estudio de Ángel Celada, una pintura puede empezar mucho antes de que él intervenga. A veces son las manchas que deja su hija Lola sobre un soporte; otras, los restos de una obra que ya no le convence. Sobre esas huellas aparecen nuevas capas, recortes, texturas y relaciones de color. Más que borrar, le interesa conservar el vestigio y descubrir qué puede suceder a partir de él.

Su taller ocupa un garaje bajo la casa familiar, una decisión que le permite acercar la pintura a la vida cotidiana y compaginar la creación con la crianza. La docencia forma parte de ese equilibrio: lejos del mito del artista que vive exclusivamente para su obra, Celada reivindica la libertad que le proporciona un sustento estable. En esta conversación habla de intuición, galerías, rechazos y pequeños logros, de los cuadros que echa de menos y de un sentido del humor que también encuentra sitio entre las brochas.

¿Qué especie es —o podría ser— tu mejor ayudante de taller: gato, perro, humano, planta…?

Suelo estar solo. En ocasiones me ayuda mi mujer y a veces me acompaña mi hija de tres años, un pequeño ser humano llamado Lola. Mi intención es que se entretenga jugando y pintando; mientras tanto, yo saco tiempo para lo mío y ella se va acostumbrando a estar ahí. Otras veces pinta sobre mis soportes y a mí me vienen bien esas manchas para mis bases. Todo queda en casa.

Lola en el taller de Ángel Celada, junto a varios lienzos.

Lola en el taller de Ángel Celada, cuando tenía dos años.

Háblanos de tu espacio de trabajo. ¿Cómo es, dónde está y por qué acabaste trabajando ahí?

Desde hace dos años mi estudio es un garaje bajo mi casa. Tiene patio y buena luz. Es un garaje «grande», pero se me queda pequeño. Antes tenía el estudio en un bajo. Nos mudamos precisamente para tener a mano el estudio y poder compaginar mejor trabajo y crianza.

¿Qué no puede faltar nunca en tu taller?

El gesso, las brochas despeluchadas, entre un millón de cosas más. Y, en plan más poético, no puede faltar la capacidad de emocionarme. Si eso falta…

¿Música a todo volumen o silencio absoluto? ¿Qué papel tiene la música en tus procesos?

Ni tanto ni tan poco. Volumen moderado, a veces música, a veces radio. En la música hago viajes temporales y de estilos, eclecticismo sin complejos —lejos del reguetón—. No sé en qué se puede traducir en lo que pinto, pero las obras tienen que ver con el autor y la música me ayuda a emprender ese viaje íntimo en el estudio. De manera sutil deja su impronta, pero mis composiciones no son sinestésicas: la música no es tan determinante. A veces subo el volumen, claro, y alguna vez pido silencio.

¿En qué momento del día sientes que trabajas mejor?

Hace siglos era más noctámbulo; ahora solo sobrevivo. Cualquier momento es bueno para trabajar.

¿Eres más de planificación o de improvisación en el taller?

Las dos cosas son compatibles.

¿Qué parte del proceso te resulta más placentera y cuál es la más dura?

Los procesos intermedios —cuando empiezan a aparecer matices tras aplicar mis recetas— son la parte más gozosa, la de las emociones puras. Por otro lado, tareas como embalar me resultan tediosas y costosas.

¿Hay algún gesto, rutina o manía que repitas siempre al trabajar?

Cero rutinas.

¿Se puede vivir del arte?

Dedicarse al arte requiere muchos gastos. Dedicarse en exclusiva es más fácil para los amantes del riesgo… o para los que tengan rentas familiares. Hay quien sí vive del arte —al margen de tener talento o no—, pero la mayoría tiene la nevera vacía o no lo consigue. Es la realidad. Yo, aunque no necesito mucho para vivir, tengo familia, muchos gastos, hipoteca… y soy docente desde hace siglos, como muchos otros artistas. ¡Adiós romanticismo en este oficio!

Tener sustento estable me permite crear con más libertad, sin la soga al cuello. Poca broma. Si tuviera más tiempo para pintar, probablemente sería menos productivo. Parece contradictorio, pero estar muy ocupado te hace ser más resolutivo, actuar más y pensar menos —una gran aspiración—. Y, por alguna razón, me compran cuadros: gracias a las galerías, no trabajo por libre ni tengo estrategia digital. No lo analizo mucho; solo intento hacer buenas obras y ofrecer calidad, a la vez que disfruto del proceso y me hace sentir bien. Es mi camino para tener salud.

¿Cuándo decidiste que el arte podía ser algo más que un hobby?

Hace unos ocho años saqué tiempo y ánimo para pintar tras un largo páramo. Me empezaron a salir las cosas, trabajé mucho y, sin darme cuenta, acabé teniendo muchas responsabilidades y se convirtió en otra profesión.

¿Hubo algún momento clave que marcara un antes y un después en tu relación con el arte?

Ha habido varios. Entré a estudiar Bellas Artes a última hora, sin técnica previa, sin habilidades para el dibujo, y me apliqué. Ser un libro en blanco tiene sus ventajas: tienes todo por aprender. Cada avance —aprender a encajar, el claroscuro del dibujo del natural, esquematizar…— eran pequeños momentos clave.

Por otro lado, muchos años después, cuando retomé la pintura —en su día apenas tuve recorrido— y aparecí de la nada, Beatriz Aranda, directora de la Galería Thema, confió en mí y empezaron a sucederse más pequeños momentos clave. No todos los galeristas te dan una oportunidad cuando vienes de la nada. Luego han ido viniendo más momentos clave ilusionantes: algún premio, otras galerías, ferias… ¿Alguno más significativo? Estará por llegar, seguro.

¿Cuántas veces te dijeron que no como artista? ¿Cómo gestionas el rechazo?

Cuando empecé a mover algún dossier, obviamente, casi todo era no, o simplemente emails no contestados: las galerías no pueden contestar a todo el mundo. En el balance de concursos, me seleccionaban en un porcentaje alto. Alguna decepción cosechas, pero yo lo llevo bien. Confío en lo que hago e intento no depender de la aprobación de los demás. Confío en mi intuición y mi trabajo, y soy el primero que sé evaluar objetivamente mis obras mediocres o mis aciertos. Creo que no me llevo malas críticas en general; es lícito el deseo de que las voces autorizadas descubran tu obra con calma. La verdad, en general, no me puedo quejar: soy afortunado.

¿Cómo gestionas los logros?

Con alegría, pero con naturalidad. Igual debería emocionarme más. No darles mucha importancia me da temple. La verdad es que sí me han pasado algunas cosas buenas… pequeños logros.

¿Qué consejo le darías a tu «yo artista» de hace años?

No sé… trabaja mucho y sigue tu intuición. Pero los consejos que le daría a mi «yo pasado» irían por otro lado, no tanto por el terreno artístico.

Cuando vendes una pieza, ¿te alegras o te entristeces? ¿Te cuesta desprenderte de ella?

La verdad, hay obras que me las quedaría yo y echo de menos alguna. Ya he empezado a reservarme alguna obra para mí. Cuando las veo en algún sitio me gusta contemplarlas con pausa, en su contexto, me llama mucho la atención… Ahora me he vuelto un poco mercenario y pragmático, pero por cuestiones prácticas. Si me entra la melancolía me curo con las nuevas. Pero, en realidad, me hubiera gustado quedarme muchas de las piezas que he vendido.

¿Recuerdas la primera obra que vendiste?

En una expo con tres amigos más, en tiempos de la Facultad, en 1992 o 1993, en la inauguración, me compraron dos «Lavados» —obras sobre papel hechas en clase— Arsenio, un amigo, y Mateu, modelo de la Facultad, un farmacéutico que estuvo secuestrado en Sierra Leona cuando hacía labores humanitarias con una ONG. Es algo simbólico. Costarían unas diez mil pesetas, 60 euros, tal vez menos. Hace poco encontré las pegatinas con el título escrito a mano y los puntos rojos.

¿Hay alguna pieza que nunca das por terminada, pero que tampoco abandonas?

Sí, claro. Tengo varias aparcadas, meses o años, hasta que llega el día que me ilumino. Algunas siguen a medias…

¿Cuándo pones título a tus obras?

Al final, sin pensarlo mucho, tras meditar un poco mirando la obra. Intento no ser cursi y evitar los manidos paisajes del alma. Prefiero algo más literario o con sentido del humor.

¿Alguna vez borraste una pieza para hacer otra encima?

Lo más habitual que hago, más que borrar, es aprovechar el vestigio. Aprovechar ese fondo. No solapar del todo. Intervenir o reintervenir. De hecho, cuando empecé a intervenir unas obras porque no me decían nada, fue cuando me empezaron a salir cosas interesantes. Aquello tenía más cuerpo, profundidad y textura, y ahí empezó todo.

Y lo sigo haciendo. Hay obras que incluso han estado expuestas que ya no pasan mi filtro y les doy una vuelta. También aprovecho otras para recortarlas y sirven de collage en los cuadros nuevos. Nada se escapa.

¿Qué parte de tu trabajo crees que suele entenderse peor?

Bueno, es abstracción… Es marginal y elitista a la vez, es como ir a contracorriente, empeñado en hacer algo que no tiene una función práctica. Y, sin embargo, diría que cada vez más te entienden y valoran… Puede que lo romanticen, eso sí, y al final es más bien trabajo y sacrificio.

¿Alguna obra que entregaste y nunca llegaste a cobrar? ¿O que estaba vendida y el cliente desapareció?

Por suerte, no me han hecho ningún pufo. Siempre cobro. Algún «casi» encargo, de los de «tal vez», me he comido, pero luego sale… Hay una obra, Discurso incierto, que sí se vendió, pero se devolvió por cuestiones técnicas de tamaño y visibilidad en el hogar de adopción en cuestión; la cambiaron por otras obras. Había más clientes que querían esa obra…

Un año después, esa obra «tocada» la mandé a un concurso y se llevó una mención de honor sin adquisición, de las que te toca viajar a chuparte una gala larguísima y luego, además, el cuadro de vuelta. Contra todo pronóstico, sigue libre, eso sí, mucho más caro que en su día. Parece que los primeros propietarios tenían interés de nuevo, por ejemplo.

Discurso incierto, pintura abstracta de Ángel Celada con tonos grises, fragmentos de color y texturas.

Discurso incierto, de Ángel Celada.

¿Hay algo que te genere especial rechazo en la relación de la gente con los artistas o con el mundo del arte?

En el mundo del arte hay gente y vivencias muy interesantes, aunque también hay mucho esnobismo y superficialidad. También hay muchos egos. Por otro lado, me parece muy triste la forma en que muchos ayuntamientos o instituciones gestionan las exposiciones, donde el artista es el único que no cobra, con la excusa de la visibilidad o del currículum. Pero no dejo espacio para la rabia: yo procuro estar en lo mío.

¿Qué comentario has sentido como ofensivo respecto a tu dedicación al arte?

La verdad, no me han hecho ni un mal comentario. Si sucediera, tendrían su respuesta elegante.

¿Café u otra bebida en el taller?

Ahora, como tengo el estudio en casa, tengo la cocina cerca y me sirvo a demanda, pero soy austero. Cuando tenía un bajo alquilado como estudio, no quise tener nevera… Y tenía un bar al lado por si caía un café o venía una visita.

Recomiéndanos algunos artistas cuya obra deberíamos conocer.

Paul Klee, uno de mis referentes, difícil de ver en España. Anselm Kiefer, que se puede ver en Valencia, en el Centro de Arte Hortensia Herrero. De Jean Dubuffet tuve la suerte de ver hace poco una exposición en el IVAM de Valencia.

¿Qué artista te gustaría que hubiera sido tu maestro o maestra? ¿Quiénes lo fueron?

En la Facultad de Bellas Artes había profesores con carrera sólida de artista, incluso grandes maestros como Yturralde. Yo aprendí mucho con Ramón Gil y Rafa Calduch, entre otros, y me hubiera gustado, por ejemplo, haber tenido a Javier Chapa.

¿Con qué artista famoso harías un viaje largo en coche?

La verdad es que algunos artistas famosos se ponen demasiado solemnes explicando su obra y, pensándolo bien, no los subiría en un viaje largo porque me darían somnolencia. Con Marcel Duchamp sí me hubiera gustado ese viaje, y Picasso seguro que tendría mucho que contar, pero también le hubiera dicho que era un mierda tratando a las mujeres y que ser un miserable te quita mucho crédito en tu profesión. De entre los vivos, no sé…

¿A quién no subirías a tu coche bajo ningún concepto?

Todo el mundo se merece un viaje, aunque sea más corto y el final sea una patada en el culo.

¿Hay alguna referencia artística o cultural a la que regreses una y otra vez?

Al románico, a las miniaturas de los Beatos. Al expresionismo, al constructivismo, al lirismo, a lo conceptual…

¿Qué libros deberíamos leer?

Últimamente no leo mucho sobre arte —antes sí— y tengo mucho pendiente. Es muy interesante La catedral gótica, de Otto von Simson, con ideas como la metafísica de la luz. Y un clásico al que volver, que no deja indiferente: La galaxia Gutenberg, de Marshall McLuhan, un ensayo que explica cómo los cambios tecnológicos moldean la sociedad y nuestra conciencia. Fue quien nos habló de la aldea global y quien nos dijo aquello de que el medio era el mensaje.

El libro Duchamp, de Calvin Tomkins, va más allá de la biografía sobre la vida del artista. Es un viaje que explica muy bien la transformación del arte en el siglo XX.

¿Y alguna película, serie u obra audiovisual que deberíamos ver?

No sé si fundamental, porque tendría que volver a verlas, pero Azul, Blanco y Rojo —la trilogía Tres colores—, de Krzysztof Kieślowski, las recuerdo como muy estimulantes. Y, en otro ámbito, la película que he visto más veces y no me canso es Amanece que no es poco, de José Luis Cuerda. El humor me tira mucho. Las series Breaking Bad y su spin-off Better Call Saul.

¿Qué artistas actuales te gustaría que conociéramos?

Tengo amigos que, aunque hace mucho que no pintan, son mis artistas favoritos. Hay muchos artistas actuales con unos recursos, preparación y nivel técnico increíbles. Otros no me dicen nada. Dos amigas con discursos diferentes y un lenguaje muy personal son Marina Puche e Inés Fuertes.

¿A qué museo o lugar volverías siempre?

Al Museo Vostell Malpartida, en Cáceres. Volvería a muchos lugares y momentos…

¿Quieres contarnos alguna otra cosa?

No me tomaría muy en serio nada de lo que he contestado en las preguntas anteriores.

En la pintura de Ángel Celada, lo que parecía agotado puede convertirse en el comienzo de otra cosa. Una obra vuelve al taller, una superficie conserva sus rastros, un fragmento encuentra lugar en un cuadro nuevo. Esa manera de trabajar también atraviesa su relato: la creación convive con la docencia, la crianza y las obligaciones cotidianas, sin renunciar al placer de descubrir lo que aparece entre las capas. Entre el pragmatismo y la emoción, Celada sigue confiando en el trabajo y en la intuición. Y, cuando la conversación amenaza con ponerse demasiado solemne, deja entrar el humor.

Respuestas enviadas por Ángel Celada en agosto de 2026. Fotografías facilitadas por el artista.

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