Elizabeth Art Candy: «La referencia de todas mis obras es el recuerdo. Los recuerdos dulces»
La artista habla sobre caramelos de arcilla que remiten recuerdos de infancia, pero también sobre trabajar entre las cuatro y las ocho de la mañana, los abuelos que regresaban de Suiza con chocolate, un cohete rumbo a la Luna y aquello que considera la ofensa más profunda: que alguien copie su obra.
Elizabeth Art Candy (Verona, 1980) trabaja en la intersección entre la escultura y el objeto. Su práctica se apropia del imaginario visual de la la cultura popular para transformarlo en composiciones construidas mediante la repetición y la acumulación. Aquello que a primera vista parece blando, azucarado o comestible revela, al aproximarnos, una materialidad sólida y minuciosamente elaborada.
Sus «caramelos» son piezas modeladas y pintadas individualmente. El proceso aproxima sus piezas al mosaico, pero también a la pintura y la escultura: la luz se introduce entre los huecos, activa los volúmenes y convierte la superficie en un territorio táctil que parece expandirse fuera del soporte.
La repetición desempeña aquí una doble función. Por una parte, actúa como sistema constructivo y organiza el color, el ritmo y el volumen. Por otra, remite a la acumulación característica de la cultura de consumo. Elizabeth recupera formas seductoras y familiares, pero las separa de su función original: sus dulces no pueden comerse y sus objetos infantiles han dejado de ser juguetes. Permanecen suspendidos entre el deseo y la imposibilidad, entre la experiencia sensorial y el recuerdo.
La infancia constituye el archivo emocional del que surge buena parte de su trabajo. Los anuncios cuyas canciones todavía podemos repetir, los veranos con helado, el juguete esperado o el chocolate que sus abuelos traían de Suiza se convierten en fragmentos de una memoria simultáneamente personal y colectiva. La artista no reproduce estos recuerdos de forma literal, sino que los modela y reorganiza hasta convertirlos en imágenes nuevas. La nostalgia no aparece como un simple regreso al pasado, sino como una materia que puede tocarse, colorearse y transformarse.
En esta conversación entramos en un estudio que, después de años ocupando espacios improvisados, por fin siente como propio. Entre referencias a los años noventa, cajones llenos de pigmentos y centenares de pequeñas piezas preparadas para encontrar su lugar, Elizabeth trabaja mientras la ciudad todavía duerme. Escucha canciones de los ochenta y los noventa, modela cada elemento a mano y espera hasta el final para poner título a la obra. Solo entonces, cuando todas las partes forman un conjunto, la pieza termina de revelarse.
Háblanos de tu espacio de trabajo. ¿Cómo es, dónde está y por qué acabaste trabajando ahí?
Después de años trabajando en lugares improvisados y espacios adaptados, hoy trabajo en un estudio que, por fin, es mío.
Es un espacio dedicado, pensado y vivido, donde cada cosa ha encontrado su lugar.
Mis colecciones conviven con referencias a los años noventa. Los cajones, recipientes y organizadores contienen colores, pigmentos, acrílicos y aquello que llamo «caramelos»: las pequeñas piezas que componen mis obras. Están diseminados por todas partes, preparados para transformarse.
¿Qué no puede faltar nunca en tu taller?
La arcilla natural, para dar vida a nuevas formas y contaminaciones; los pigmentos, por la intensidad del color y sus infinitos matices; y una superficie blanca, un espacio abierto donde poder liberar cualquier necesidad artística.
¿Música a todo volumen o silencio absoluto? ¿Qué papel tiene la música en tus procesos?
Música, sin ninguna duda.
Canciones del pasado y listas de reproducción de los años ochenta y noventa que puedo cantar de memoria y que despiertan recuerdos. Resulta sorprendente comprobar que todavía conozco todas sus letras.
Canciones poéticas, evocadoras…
¿En qué momento del día sientes que trabajas mejor? ¿Eres matutina o vespertina?
Trabajo mejor durante las primeras horas del día, entre las cuatro y las ocho de la mañana, mientras la ciudad todavía permanece en calma y no ha adquirido su ritmo frenético.
¿Eres más de planificación o de improvisación en el taller?
De improvisación.
Me resulta difícil organizarme. Crear responde más a una necesidad, a una forma de cuidar la mente y a un deseo que aparece sin haber sido planificado.
¿Cuándo decidiste que el arte podía ser algo más que un hobby?
Desde el principio sentí la necesidad de confrontar mi trabajo con el público.
Ese encuentro genera un espacio de diálogo que alimenta el proceso creativo y se convierte en motor de nuevos estímulos y direcciones.
¿Hubo algún momento clave en el que sintieras un antes y un después en tu relación con el arte?
Sin duda, cuando mi obra dejó de pertenecer únicamente a un ámbito personal y comenzó a venderse al público.
Pasó a formar parte de hogares y lugares de encuentro. Mi arte dejó de circular solamente dentro de círculos reducidos y se hizo visible para todo el mundo.
¿Cuántas veces te han dicho que no como artista? ¿Cómo gestionas el rechazo?
Los «noes» forman parte del proceso evolutivo de cualquier ser humano. Son fundamentales en todos los ámbitos: nos ayudan a mejorar, a cuestionarnos y a descubrir caminos diferentes que, con frecuencia, están más cerca de aquello que nos corresponde.
Siempre he admirado a las personas capaces de reaccionar positivamente, pero el sufrimiento también posee un valor. Atravesarlo, volver a levantarse y encontrar la fuerza para hacerlo constituye un proceso único que siempre conduce a nuevas posibilidades y consecuencias positivas.
¿Qué consejo le darías a tu “yo artista” de hace años?
Le aconsejaría ser más audaz y menos complaciente por exceso de cortesía.
Cuando vendes una pieza, ¿te alegras o te entristeces? ¿Te cuesta desprenderte de ella?
Me hace inmensamente feliz.
La obra abandona mi estudio para entrar en un lugar sagrado: una nueva casa.
En ese momento deja de pertenecerme por completo y comienza a vivir entre otras paredes, llevando consigo una parte de mi recorrido.
¿Recuerdas la primera obra que vendiste? ¿A quién fue, cómo sucedió y cuánto costaba?
Era un cohete preparado para partir hacia el espacio, impulsado por una nube de caramelos blancos que formaba su base.
La escultura medía sesenta centímetros de altura. Era un mosaico escultórico compuesto por pequeñas piezas redondeadas que evocaban visualmente la suavidad de las nubes, aunque poseían una presencia sólida.
El cohete emergía de la nube como una idea: un despegue situado entre el sueño y la infancia. Porque ¿quién no deseó, cuando era pequeño, llegar a tocar la Luna o las estrellas?
¿Cuándo pones título a tus obras: al principio, durante o al final del proceso?
Siempre al final.
Sé hacia dónde me dirijo, dónde quiero llegar y qué estoy representando. Pero solo cuando observo el conjunto, una vez terminado el proceso, el título se revela y adquiere forma.
¿Qué parte de tu trabajo crees que no suele entenderse bien?
Quizá no se comprenda que cada una de las piezas se crea con arcilla natural.
Una vez encontrada la coloración adecuada, modelo cada elemento a mano, uno por uno, lo cuezo a baja temperatura y finalmente lo incorporo a la obra para la que ha sido creado.
Para poder utilizarse como forma primaria, cada elemento debe atravesar un proceso de creación preciso.
¿Hay algo que te genere mucha rabia en la relación de la gente con los artistas, el mundo del arte o los espacios artísticos?
Ser artista hoy significa mucho más que crear. También implica enfrentarse a un mundo complejo en el que la visibilidad y el mercado nunca están garantizados.
Cada obra exige dedicación, pero la pasión tiene que convivir con los costes y la incertidumbre económica.
Las críticas y las expectativas externas pueden resultar desalentadoras. Sin embargo, es precisamente a través de estos desafíos como se produce el crecimiento personal y artístico.
Ser artista supone mantener un equilibrio constante entre creatividad, renovación y valentía: transformar las dificultades en estímulos para evolucionar y dejar una huella única.
El conflicto más importante continúa siendo, sin embargo, la falta de meritocracia. Con frecuencia, el talento y el compromiso no son suficientes.
¿Cuál es el comentario más ofensivo que has recibido respecto a tu dedicación al arte?
Nunca he recibido una ofensa directa, pero considero que copiar una obra es algo profundamente ofensivo.
¿Café u otra bebida en el taller?
Chocolate caliente durante los inviernos más fríos y en los días grises, que son mis preferidos.
Recomiéndanos cinco artistas cuya obra deberíamos conocer.
Golsa Golchini es una artista contemporánea de origen iraní. Representa escenas reconocibles de la vida cotidiana, pero las reelabora mediante la imaginación y el simbolismo, planteando reflexiones sobre el tiempo y la memoria.
Me gustan mucho sus obras y también he adquirido alguna. Creo que el valor de una artista debe reconocerse también a través de una compra, aunque sea pequeña, porque continúa siendo significativa.
Roman Opalka, por su manera de representar el inexorable transcurso del tiempo y por sus maravillosas obras realizadas tono sobre tono.
Danielle Nowitz Rovetti. Las superficies de sus trabajos no son planas: los pigmentos crean relieves y profundidad, transformando la pintura en algo casi escultórico y matérico.
¿Qué artista te gustaría que hubiera sido tu maestro o maestra?
Yayoi Kusama.
Por el desarrollo de un estilo personal e inconfundible que atraviesa la pintura, la escultura, la instalación, la performance y el arte inmersivo, es indudablemente una maestra.
¿Hay alguna referencia, artística o no, a la que regreses una y otra vez?
La referencia de todas mis obras, sean figurativas o no, es el recuerdo. Los recuerdos dulces.
Una infancia feliz y serena, compuesta por pequeñas jornadas vividas intensamente: objetos, acontecimientos, anuncios que nos hacían cantar, los abuelos que regresaban de Suiza con chocolate, aquel juguete tan deseado que aparecía de manera inesperada, los veranos con helado…
Son recuerdos compartidos por muchas personas y me proporcionan el punto de partida desde el que crear.
¿Qué libros forman parte de tu bibliografía fundamental?
En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust, por el poder que concede a los recuerdos.
¿Qué cine deberíamos ver?
Para mí, dos obras fundamentales son Alicia en el país de las maravillas y Aladdín.
En realidad, toda la filmografía de Disney comprendida entre 1937 y los primeros años noventa posee un sabor diferente. Eran películas dibujadas a mano, total o parcialmente, y eso podía percibirse en el trazo, el movimiento y la imperfección viva de la línea.
Era otra forma de crear: más artesanal, más física y más vinculada al gesto humano.
Actualmente, esa dimensión está volviendo a despertar interés. Sentimos la necesidad de aligerar la superestructura digital y regresar a las bases del dibujo, a la mano que construye la imagen, del mismo modo que yo modelo manualmente el recuerdo.
No se trata únicamente de nostalgia, sino de la búsqueda de autenticidad y presencia. El dibujo conserva algo que lo digital elimina con frecuencia: una vibración, una memoria.
¿Un museo o lugar al que siempre regresarías?
Regresaría a cualquier lugar del mundo que me permitiera reencontrarme con los amigos que ahora están lejos.
Y a Nueva Zelanda: un lugar sin artificios, auténtico, con un alma conservadora que custodia sus raíces, pero capaz de mantenerse conectado con el presente.
Posee un equilibrio poco común entre memoria y contemporaneidad, entre naturaleza y apertura.