Inés Silvalde: «Cuando pinto entro en una especie de bucle y escucho casi siempre las mismas canciones desde hace años. Son temas que me acompañan y me proporcionan ritmo.»
La artista habla sobre cuerpos, baños, belleza decadente y miedo al rechazo, pero también sobre cuadros reservados que nadie llegó a pagar y un autorretrato casi sepultado bajo esmalte blanco
La práctica de Inés Silvalde Videla (1983) se articula alrededor del cuerpo, especialmente del cuerpo femenino, entendido como espacio de experiencia, conflicto y representación. Sus personajes aparecen en situaciones íntimas y cotidianas: frente al espejo, dentro de una bañera, desvistiéndose o preparándose para salir. Son momentos aparentemente menores en los que, sin embargo, se condensan el cansancio, el deseo, la frustración y las formas de violencia silenciosa que atraviesan la vida diaria.
Su pintura rehúye deliberadamente la belleza idealizada. Inés trabaja con anatomías alteradas, narices prominentes, dientes, texturas, relieves, chorretones y pinceladas que conservan algo directo e incluso incómodo. En sus composiciones conviven la tradición figurativa y una búsqueda consciente de lo extraño, lo absurdo o lo «bizarro». La carne puede remitir a Rubens, Freud o Jenny Saville, pero aparece sometida a códigos contemporáneos, imágenes tomadas con el móvil y una sensibilidad que encuentra valor en lo imperfecto, lo patético y lo aparentemente poco digno de ser representado.
Licenciada en Bellas Artes, con formación en escultura y diseño de interiores, Inés desarrolló también una importante labor como gestora cultural. En 2017 fundó junto a Delio Sánchez el espacio de arte Os Catro Gatos, en Santiago de Compostela. La experiencia de trabajar con otros creadores modificó su relación con el arte: le permitió conocer desde dentro sus dinámicas, dificultades y vulnerabilidades, y situarse simultáneamente a ambos lados del proceso expositivo. (Revista Pincha, Santiago Turismo)
Esta doble posición no ha eliminado, sin embargo, el miedo al rechazo. La artista reconoce que rara vez envía propuestas, pero también que su trabajo tiende a provocar precisamente aquello que teme. Sus temas pueden resultar agresivos, incómodos o excesivos para una parte del público. Esa resistencia forma parte de la obra: Inés no suaviza sus imágenes para facilitar su recepción, sino que utiliza el humor, la deformación y la intensidad material para señalar aquello que normalmente preferimos mantener oculto.
En esta conversación entramos en su pequeño estudio a las afueras de Santiago de Compostela, un espacio con tres grandes cristaleras que transforma según las necesidades de cada proyecto. Allí trabaja cuando las circunstancias familiares se lo permiten, con música a todo volumen y la paleta cuidadosamente ordenada. El comienzo siempre es la parte más difícil: planifica con rigor, hasta que las imágenes y las texturas empiezan a florecer y la improvisación vuelve, inevitablemente, a ganar.