Natasha Lelenco: «Para mí, el arte es mi todo, tanto en lo profesional como en lo vital. Aunque salga del taller, no sale de mi cabeza.»

La artista habla sobre retrato, identidad, migración y valor, pero también sobre el trabajo cotidiano, los rechazos, las obras que cambian de mundo y un autorretrato que lleva quince años esperando ser terminado.

La práctica de Natasha Lelenco (Chișinău, Moldavia, 1982) se articula alrededor de una pregunta que atraviesa buena parte del arte contemporáneo: cómo se construye, representa y reconoce una identidad. Sus pinturas, instalaciones y proyectos procesuales examinan la tensión entre lo individual y lo colectivo, entre aquello que creemos propio y los códigos culturales, familiares, económicos o tecnológicos que condicionan nuestra forma de vernos.

Formada en Bellas Artes en la Universidad de Arte y Diseño de Cluj-Napoca, en Rumanía, y, recientemente, grado en Historia del Arte por la UNED, Lelenco vive en Galicia desde 2008. Su trayectoria migratoria forma parte del lugar desde el que observa, pero no agota el sentido de su trabajo. En su obra, la movilidad humana se relaciona con cuestiones más amplias como la pertenencia, la memoria, la circulación de las imágenes y los mecanismos mediante los que una sociedad asigna valor a personas y objetos.

En URthe1, el retrato familiar, la iconografía religiosa y los códigos de la comunicación digital convergen en rostros que parecen simultáneamente singulares y repetidos. La genealogía aparece como una ficción compartida: una construcción hecha de recuerdos, convenciones visuales y parecidos que buscamos incluso donde quizá no existan.

En Currencies / Monedas de cambio, la artista adopta la moneda como dispositivo plástico y simbólico. Retratos de personas migrantes, testimonios, inscripciones en diferentes lenguas y valores numéricos arbitrarios convierten cada pieza en una moneda imposible. El proyecto interroga quién puede circular, qué historias merecen ser representadas y de qué manera se construyen el valor y la pertenencia. Esta investigación continúa actualmente en LSYTSDA —Lo siento, yo tampoco soy de aquí—, un proyecto artístico, documental e instalativo basado en entrevistas, retratos y procesos de producción situada. Más que explicar la migración desde fuera, el proyecto crea un espacio de conversación en torno a la movilidad como condición consustancial a la experiencia humana.

Natasha Lelenco es también fundadora y directora artística de Casa das Peritas. Sin embargo, en esta conversación dejamos temporalmente a un lado ese trabajo para entrar en su práctica de taller: la música electrónica a todo volumen, la composición controlada, el pincel entre los dientes y una relación con la pintura en la que ninguna obra parece estar definitivamente cerrada.

¿Qué especie es tu mejor ayudante de taller: gato, perro, humano, planta…?

Actualmente tengo tres ayudantes en el taller: un humano, una gata y un caracol.

Háblanos de tu espacio de trabajo. ¿Cómo es, dónde está y por qué acabaste trabajando ahí?

Este es el primer espacio que funciona exclusivamente como taller. Antes siempre trabajaba en alguna estancia de la casa. Ahora tengo mi lugar sagrado.

¿Qué no puede faltar nunca en tu taller?

Buena energía.

¿Música a todo volumen o silencio absoluto? ¿Qué papel tiene en tus procesos?

Música a tope. Suelo trabajar con auriculares para no molestar a mi gata con el ruido humano y porque la calidad del sonido me resulta adictiva. Mentalmente estoy a todo volumen con sesiones de electrónica oscura e hipnótica: Fever Ray, Aphex Twin, Ela Minus, Trentemøller, Moderat, Fred Again…

¿En qué momento del día sientes que trabajas mejor?

Soy matutina. Comienzo el día con mucha energía y trabajo hasta agotarla.

Procuro trabajar mientras permanezco en ese trance energético. Si no, se nota en la obra.

¿Eres más de planificación o de improvisación?

Aunque a veces me dejo llevar, la composición suele estar muy controlada y pensada desde el principio.

Siempre dejo un pequeño margen para lo directo, por una cuestión de frescura, pero nunca se trata de una improvisación total.

¿Qué parte del proceso te resulta más placentera y cuál es la más dura?

Las partes manuales, como la preparación de los soportes, son relajación pura. Pintar, para mí, es un proceso más mental y más duro.

¿Se puede vivir del arte?

Malamente, pero sí.

En mi caso, por terca y porque nunca me importó del todo el precio: renuncias, precariedad, cierto desdén social, aislamiento, rechazos y nepotismos dentro del circuito artístico.

En el fondo, me encanta que no sea fácil.

¿Cuándo decidiste que el arte podía ser algo más que un hobby?

Nunca lo viví como un hobby. Para mí, el arte es mi todo, tanto en lo profesional como en lo vital.

Aunque salga del taller, no sale de mi cabeza.

¿Hubo algún momento clave que marcara un antes y un después en tu relación con el arte?

Sí. Este camino parte de pérdidas.

¿Cuántas veces te han dicho que no como artista? ¿Cómo gestionas el rechazo?

Un gritón de veces. Y no, todavía no he aprendido a gestionarlo, especialmente cuando se trata de convocatorias que realmente me importan.

¿Qué consejo le darías a tu “yo artista” de hace años?

Esto va para largo.

Cuando vendes una pieza, ¿te alegras o te entristeces? ¿Te cuesta desprenderte de ella?

Ambas cosas.

Me alegra que la pieza cambie de mundo. Es como si fuera literalmente una parte de mí, como si yo viajara con ella.

Pero, por otro lado, y esto me sucede especialmente desde hace un tiempo, me produce cierta tristeza quedarme sin ella.

¿Recuerdas alguna de tus primeras ventas?

No sé si fue la primera, pero sí es una de las que recuerdo sonriendo: una chica de Estonia me pagó unos cincuenta euros por una pieza de un metro y se la llevó tal cual en el avión hasta su casa. Tengo fotografías de aquel momento, con la obra ocupando lo suyo dentro del coche. Tiempo después me aseguró que todavía conservaba la pieza en su salón.

¿Hay alguna pieza que nunca das por terminada, pero que tampoco abandonas?

Tengo un autorretrato que comencé hace unos quince años. Rompí y pegué el bastidor y sus fragmentos sobre otro autorretrato que había realizado hace aproximadamente diez años.

La última vez simplemente le coloqué un pósit que dice: «No tocar hasta 2027».

No sé qué haré con él entonces, pero será el momento en el que lo dé por terminado.

¿Cuándo pones título a tus obras?

Siempre al final del proceso, aunque con frecuencia vuelvo a cambiarlo después. Para mí, el final nunca es final.

¿Alguna vez borraste una pieza para hacer otra encima?

Sí. Sin complejos.

¿Qué parte de tu trabajo crees que suele entenderse peor?

Siento que, a veces, mi pintura se juzga demasiado rápido por su apariencia. El retrato frontal y el color saturado y vibrante se confunden con ingenuidad, cuando en realidad forman parte de un lenguaje consciente y conceptualmente dirigido.

¿Alguna vez entregaste una obra que nunca llegaste a cobrar?

Sí, me ha sucedido alguna vez.

En una ocasión cedí la imagen de una obra para la portada de un libro a cambio del compromiso de que más adelante comprarían el original, pero nunca asumieron la compra.

Otra vez ocurrió con una plataforma internacional que quebró. Había enviado la pieza y, justo cuando me correspondía cobrar, la empresa se declaró en quiebra. Cosas que pasan..

¿Café u otra bebida en el taller?

Café a tope.

¿Qué artista te gustaría que hubiera sido tu maestro?

Yves Tanguy.

¿Con qué artista famoso harías un viaje largo en coche?

Con Nan Goldin.

¿A quién no subirías a tu coche bajo ningún concepto?

A Damien Hirst.

¿Hay alguna referencia artística o cultural a la que regreses una y otra vez?

A los iconos ortodoxos y al kitsch doméstico.

¿Qué libros forman parte de tu bibliografía fundamental?

El sueño de Polífilo, atribuido a Francesco Colonna, y Gilgamesh. Ambos son importantes para mí como relatos primigenios y como historias de viaje hacia la introspección y el sueño. Me fascinan los mundos que construyen, entre el delirio y la reflexión.

El malestar en la cultura, de Sigmund Freud, es probablemente una de las lecturas a las que regreso con mayor frecuencia mentalmente.

Las leyes fundamentales de la estupidez humana, de Carlo M. Cipolla, es seguramente uno de los libros que más he citado.

Ishi, el último de su tribu, de Theodora Kroeber, es uno de los que más he recomendado.

Pequeño bestiario de monstruos políticos, edición a cargo de Julia Ramírez Blanco, reúne diferentes aproximaciones a la dimensión política de los monstruos en el cine y la cultura popular.

Actualmente, mi libro de cabecera es El gran libro de Gloria Fuertes. Lo dejo cerca y, cuando me siento sola o triste, lo abro al azar. Algún poema o alguna anécdota suya siempre termina diciéndome algo al corazón.

¿Qué cine deberíamos ver?

Mi cine favorito se mueve entre lo existencial, lo absurdo y lo onírico: Akira Kurosawa, Andréi Tarkovski, David Lynch, Roy Andersson, Charlie Kaufman o Yorgos Lanthimos.

Me encantan los viajes en el tiempo y los viajes oníricos.

¿Un museo o lugar al que siempre regresarías?

A los museos hay que volver siempre. A todos los que se pueda.

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