Raúl Álvarez: «Siempre vuelvo al agua de manera irremediable»

El artista habla sobre la pintura como refugio, el trabajo invisible que sostiene cada cuadro y la importancia de mantener el ego con los pies en el suelo.

La práctica de Raúl Álvarez (Madrid, 1982) se desarrolla dentro de la pintura figurativa y tiene en el agua uno de sus elementos más reconocibles. Formado en la Escuela de Artes y Oficios nº 12 de Madrid y afincado en A Coruña desde 2006, el artista ha convertido el medio acuático en un espacio de investigación técnica, simbólica y emocional. Más que un escenario, el agua funciona en su obra como un estado: envuelve los cuerpos, altera nuestra percepción y sitúa las figuras en un territorio ambiguo entre la calma y la inquietud.

Su pintura se apoya en un dominio preciso del dibujo, la anatomía, la luz y los reflejos. Sin embargo, la destreza técnica no constituye un fin en sí misma. Bajo la apariencia reconocible de las imágenes se despliegan cuestiones relacionadas con la fragilidad, el aislamiento, la transformación y el vínculo entre el ser humano y la naturaleza. El realismo funciona como una puerta de entrada: permite reconocer inmediatamente lo representado, pero exige detenerse para comprender aquello que sucede bajo la superficie. El agua es también una forma de continuidad. Aunque Raúl intenta abrir su imaginario hacia otras direcciones, termina regresando a ella de manera natural. En distintas series ha aparecido como elemento purificador y sanador, pero también como vehículo para abordar preocupaciones ecológicas y sociales.

Para el artista, pintar es una especie de medicina, pero también un oficio diario y exigente. Su proceso comienza con la documentación y la planificación, aunque cada cuadro termina imponiendo sus propias necesidades. La idea inicial orienta el trabajo; después llegan la improvisación, las dudas técnicas y esos momentos de pelea con la obra que Raúl acepta como una parte inevitable del proceso. En esta conversación entramos en su estudio de A Coruña: un espacio diáfano y luminoso que describe como refugio y como el lugar donde puede ser más él mismo. Allí trabaja desde primera hora del día, rodeado de materiales, con la radio encendida y unos objetivos mínimos que no siempre se cumplen. Hablamos de la pintura como vocación, de aprender a convivir con los noes y de todo aquello que permanece fuera del cuadro: las facturas, los correos, los embalajes, las clases y la pelea constante por hacer visible que ser artista también es un trabajo.


Háblanos de tu espacio de trabajo. ¿Cómo es, dónde está y por qué acabaste trabajando ahí?

Mi estudio está en A Coruña, en la calle Camariñas, 12. Es un local amplio y diáfano, con mucha luz natural. No es un estudio enorme, pero a mí me llega de sobra y estoy muy feliz trabajando aquí todos los días. Es mi refugio, el lugar donde soy más yo y que me da paz.

¿Qué no puede faltar nunca en tu taller?

Pintura, pinceles y lienzos. Siempre tengo material de sobra para no quedarme sin nada de lo que necesito. Muchas veces compro cosas que no sé si voy a utilizar, pero ahí están por si acaso. [Risas]

¿Música a todo volumen o silencio absoluto? ¿Qué papel tiene la música en tus procesos?

Música siempre, o algún pódcast de arte o de humor. Muchas veces estoy tan concentrado que ni siquiera escucho, pero siempre está ahí. Una de las primeras cosas que hago al entrar en el estudio es encender la radio.

¿En qué momento del día sientes que trabajas mejor? ¿Eres matutino o vespertino?

Durante todo el día, en general, aunque es verdad que madrugo bastante y me pongo a trabajar. De momento, nunca he tenido que trabajar de noche. Prefiero completamente el día.

¿Eres más de planificación o de improvisación en el taller?

Suelo planificar cada cuadro: me documento y pienso mucho la idea. Después, el propio cuadro me va llevando y pidiendo cosas, así que muchas veces improviso durante el proceso pictórico.

¿Qué parte del proceso te resulta más placentera y cuál es la más dura?

La verdad es que ambas partes se van mezclando. Supongo que influye mucho el estado de ánimo o la energía que tenga ese día. El momento de comenzar un cuadro, cuando surge una idea o una serie, siempre es muy motivador y placentero. Después, durante el desarrollo de las obras, puedo tener más momentos de «pelea» con la pieza y conmigo mismo. Surgen dudas sobre por dónde continuar y cómo resolver determinados aspectos técnicos de la pintura. Es algo que ya tengo interiorizado: sé que va a suceder, que tengo que lidiar con ello y resolverlo. Pintar no es fácil y se sufre —yo, al menos—, pero cuando ves el resultado final merece la pena haber pasado por esos momentos.

¿Hay algún gesto, rutina o manía que repitas siempre al trabajar?

Nada especialmente particular. Tengo el estudio bastante ordenado y sé dónde está cada cosa que necesito cuando voy a pintar. Sigo una rutina normal, supongo: entro en el estudio, enciendo las luces y la radio, me pongo la ropa de trabajo, analizo en qué punto se encuentra la obra y me marco mentalmente unos objetivos mínimos para ese día. Después, ¡al lío! Unas veces se cumplen y otras no. Algunos días avanzas incluso más de lo que pensabas.

¿Se puede vivir del arte?

Se puede, pero no es nada fácil. Es una pelea diaria y muchas veces hay que complementarlo con otras vías de ingresos. Yo también doy clases en mi estudio, organizo talleres y tatúo, algo que me encanta. Todo ello me permite continuar pintando y haciendo lo que me gusta, porque este es un mundo muy complicado y hay que pelear sin parar.

¿Cuándo decidiste que el arte podía ser algo más que un hobby?

Con mi primera exposición. Creo que ese fue el punto de inflexión en el que comprendí que quería y tenía la capacidad para dedicarme al arte, y que podía pasar de ser una afición a algo realmente serio y a una profesión. Aunque algunas personas no crean que este sea un trabajo con la misma dignidad que cualquier otro.

¿Hubo algún momento clave en el que sintieras un antes y un después en tu relación con el arte?

Empecé a dibujar y pintar desde muy pequeño, así que siempre he tenido relación con el arte. Era algo innato en mí. Lo hacía todos los días, sin descanso. Para mí es una especie de medicina: me mantiene equilibrado, me da mucha paz y es algo que nació conmigo. Ha habido varios momentos clave: desde el apoyo fundamental de mis padres para que continuara pintando hasta el de algunos profesores, además de artistas a quienes tengo la suerte de conocer y que están ahí si los necesito. Ganar ciertos concursos o participar en ferias de arte son acontecimientos que se van sucediendo y que te ayudan a continuar y a creer en lo que haces.

¿Cuántas veces te han dicho que no como artista? ¿Cómo gestionas el rechazo?

Muchas, muchísimas. He recibido más noes que síes y hay que lidiar con ello, porque no queda otra. A nadie le gusta que lo rechacen, y menos aún cuando se trata de algo tan íntimo, que haces desde lo más profundo de tu alma y en lo que inviertes tanto tiempo y tanta energía como en tu obra. Pero nadie puede creer más en ti y en lo que haces que tú mismo, así que hay que continuar intentándolo. Algunas veces lo gestionas mejor y otras, peor, pero forma parte de la vida en general. Hay que ser muy resiliente y seguir adelante, porque nunca sabes dónde puede aparecer la oportunidad que esperas.

¿Cómo gestionas los logros?

Sin venirme demasiado arriba. Lógicamente, me alegro mucho, pero sé cómo funciona esto. Tengo el ego bastante controlado y cuento con la suerte de tener personas a mi alrededor que, si ven que se me va la olla, me ponen rápidamente los pies en el suelo. El mundo del arte es muy complejo y difícil. Se puede subir tan rápido como se baja, así que es mejor no creerse más ni mejor que nadie y recorrer tu camino despacio y con humildad. Con trabajo y constancia, las cosas llegan. Y, si no llegan, al menos puedes estar orgulloso de haber hecho todo lo posible. Para mí, poder dedicarme cada día a lo que me gusta ya es un éxito.

¿Qué consejo le darías a tu “yo artista” de hace años?

Que siga peleando por lo que ama y no se rinda, por muy difíciles que se pongan las cosas. Que crea en lo que hace, tenga en cuenta las opiniones y los consejos de las personas que realmente lo quieren y creen en él, e intente no prestar atención ni dejarse afectar por opiniones vacías y sin sentido.

Cuando vendes una pieza, ¿te alegras o te entristeces? ¿Te cuesta desprenderte de ella?

¡Me alegro, por supuesto! He vendido cuadros muy significativos para mí y de los que me ha costado desprenderme, sobre todo cuando comencé a pintar profesionalmente. Pero que alguien quiera comprar algo que has hecho con toda el alma, el amor y el cariño del mundo, y que pueda disfrutarlo cada día, es increíble. Terminas acostumbrándote a que tus «hijos» se marchen. [Risas] Sin embargo, por una cuestión sentimental, hay cuadros que conservo. Tratan temas personales y quiero tenerlos conmigo o que queden para mi hijo.

¿Recuerdas la primera obra que vendiste? ¿A quién fue, cómo sucedió y cuánto costaba?

Recuerdo que fue una acuarela que pinté para el peluquero al que iba de pequeño. Yo debía de tener unos quince o dieciséis años y me pidió un campo de amapolas para regalárselo a su mujer. Así que se lo pinté. Debió de pagarme unas quinientas pesetas o algo parecido. Ya ha pasado tiempo. [Risas]

¿Hay alguna pieza que nunca des por terminada, pero que tampoco abandones?

No, no suele sucederme. Llega un momento en el que sé que la pieza está terminada. Es una especie de intuición o algo parecido. Puedes trabajar eternamente en un cuadro si quieres, pero no creo que tenga sentido, al menos para mí. Llega un punto en el que siento que ya no puedo aportar más a la pieza o que cualquier cosa que haga resultará imperceptible. Entonces es mejor parar.

¿Cuándo pones título a tus obras: al principio, durante o al final del proceso?

Suele ser al principio, cuando se me ocurre la idea de lo que voy a pintar.

¿Qué parte de tu trabajo crees que no suele entenderse bien?

Creo que, al ser un pintor figurativo, mi obra se entiende al verla porque las formas se reconocen de un vistazo. Eso no quiere decir que no haya que profundizar en ella para saber de qué estoy hablando o qué quiero expresar, pero, en general, creo que suele entenderse bien.

¿Hay algo que te genere mucha rabia en la relación de la gente con los artistas, el mundo del arte o los espacios artísticos?

Hay gente que piensa que esto no es un trabajo o que vendemos una obra y vivimos durante todo un año; que vivimos muy bien, etcétera. En el 90 % de los artistas que conozco —o incluso en un porcentaje mayor— esto no es así ni de lejos. Este oficio exige invertir mucho tiempo y renunciar a hacer muchas cosas para estar solo en el estudio trabajando, sin saber si vas a obtener algún beneficio de lo que haces. Lo hacemos por amor y devoción, pero todos pagamos facturas. Ser autónomo y artista en este país no es, ni de lejos, algo fácil. La gente desconoce mucho el proceso artístico y hay que «educar» para que lo valore y comprenda que el arte es fundamental en cualquier ámbito social y constituye la base de cualquier civilización.

¿Cuál es el comentario más ofensivo que has recibido respecto a tu dedicación al arte?

El más común que escuchaba —ahora, por suerte, ya no— surgía cuando me preguntaban a qué me dedicaba y yo contestaba: «Soy artista, pinto cuadros». Entonces respondían: «No, pero ¿a qué te dedicas de verdad? ¿En qué trabajas? Porque de eso no se vive». Está relacionado con lo que comentaba en la pregunta anterior. Me gustaría que la gente pudiera vernos trabajar durante un día en nuestros estudios o talleres, porque no se trata únicamente de pintar, esculpir o de realizar la práctica artística que corresponda. También tenemos que preparar embalajes y envíos, hacer facturas, responder correos electrónicos, comprar materiales, investigar, equivocarnos y continuar buscando. Desde fuera todo se ve muy bonito, pero no es tan bonito, bohemio y romántico.

Recomiéndanos cinco artistas cuya obra deberíamos conocer.

Esta pregunta es difícil porque hay muchos artistas que me gustan y elegir solamente a cinco resulta muy complicado. Podría mencionar a los clásicos que conocemos todos, como Velázquez, Fortuny, Caravaggio, Rembrandt, Rubens o Antonio López, pero voy a escoger a artistas contemporáneos. En primer lugar, recomendaría a Roberto González Fernández. Para mí es el artista más completo que he conocido en cuanto a técnica, imaginario, oficio y muchas otras cosas. Me une una gran relación con él. Desde que me conoció, siempre creyó mucho en mí, me ayuda y me da muy buenos consejos. Es el artista más humilde que conozco y, como persona, es un diez. Para mí representa el mejor referente que puedo tener de lo que significa ser un artista de verdad. Toda su obra me parece una pasada: posee unos simbolismos y un imaginario increíbles. En segundo lugar, mencionaría a Eloy Morales. Hace poco tuve la suerte de asistir a un curso de pintura que impartía y aprendí muchísimo. Me pareció un artista enorme. Escucharlo hablar, observar cómo trabaja y conocer su visión del oficio de pintor es algo que vale oro, porque me siento muy identificado con su manera de pensar. Su obra es una auténtica pasada, tanto técnica como conceptualmente. Me vuela la cabeza. Lara Pintos es una artista con una sensibilidad y una técnica tan maduras, naturales y fluidas que me encanta. Su obra es muy delicada y me parece preciosa. Además, nos une una gran amistad. Es una de las personas del mundo del arte con las que más a gusto estoy. Hablamos de todo, nos ayudamos y nos apoyamos mucho. Es una persona de diez. Jeremy Geddes es un artista australiano que me encanta, tanto por su temática como por su técnica. Sus cuadros tienen composiciones muy interesantes y unos simbolismos y un surrealismo muy particulares. Por último, voy a mencionar al pintor chileno Guillermo Lorca García. Posee unas composiciones y un imaginario muy interesantes y personales, unos formatos impresionantes y una técnica increíble. Está a otro nivel. Entras en su obra y no sabes por dónde comenzar a mirar debido a la profundidad de capas, pintura y oficio que contiene. Podría mencionar a muchos más, pero estos son los que me han venido ahora a la cabeza por diferentes motivos.

¿Qué artista te gustaría que hubiera sido tu maestro o maestra? Esta tampoco es una pregunta fácil. Roberto González Fernández es para mí un maestro y siempre lo será. Está ahí de manera constante. Pero también escogería a clásicos como Velázquez o Caravaggio. Sería muy interesante poder observar cómo trabajaban y aprender de ellos en persona.

¿Hay alguna referencia, artística o no, a la que regreses una y otra vez?

Siempre regreso al agua de manera irremediable. En algunas ocasiones he pintado cuadros en los que no aparece, pero termino volviendo a ella de forma natural, en mayor o menor medida. Es una especie de sello personal, algo por lo que se reconoce mi obra. Aunque quiero expandir mi universo creativo en otras direcciones, pintando el agua me siento muy cómodo y muy yo. Siempre me ofrece algo nuevo que descubrir y con lo que experimentar.

¿Qué libros forman parte de tu bibliografía fundamental?

La agonía y el éxtasis, de Irving Stone. Trata sobre la vida de Miguel Ángel y el oficio del artista. Es muy interesante y agradable de leer. Lo recomiendo mucho. El acto de crear, de Rick Rubin. Habla sobre cómo desarrollar la creatividad y ofrece algunas claves y consejos. Está compuesto por capítulos cortos que puedes releer cuando quieras y siempre viene bien. Es muy recomendable. Me gustan mucho los libros sobre Roma y Grecia, sobre dioses, mitos y cuestiones similares. Al final, continúan ahí después de siglos y me parecen civilizaciones muy interesantes. También me gusta cualquier libro de Haruki Murakami. El último que leí fue La muerte del comendador I y II. Me gustó mucho porque trata sobre un pintor al que comienzan a sucederle cosas misteriosas y espirituales, muy en la línea de su estilo de escritura.

¿Qué artista actual, a quien conozcas personalmente o no, te gustaría que descubriéramos?

Manuel Quintana Martelo, @quintanamartelo. Es un maestro. No lo conozco personalmente, pero he visto varias exposiciones de su obra y me alucina. Me encanta la mezcla y el equilibrio tan elegante que consigue entre el realismo, la figuración y una abstracción que, en conjunto, me parece maravillosa. Los ángulos y las perspectivas que construye, y su manera de utilizar los elementos y los espacios vacíos en sus composiciones, son una pasada. Si no conocéis su obra, ya estáis tardando. Creo que os va a gustar mucho.

¿Un museo o lugar al que siempre regresarías?

El Prado, sin duda. Hay que visitar todos los museos y ver todas las exposiciones posibles, pero el Prado es el Prado.

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